Todo comenzó en 1997, en Longchamps, provincia de Buenos Aires, donde vivo, el 27 de julio, día de mi cumpleaños. Había invitado a gente que quiero, entre ellos, a Abo Naccachian. Mientras cuidaba el asado, les conté de mi último viaje, del que había vuelto hacía solo 21 días. Había ido desde Buenos Aires hasta Yacuiba, Bolivia y realicé un periplo que me llevó al Amazonas boliviano y, luego, al Amazonas brasileño para terminar en Pedro Juan Caballero, ya en Paraguay. Era mi segundo viaje por allí: apenas una vueltita de 10.000km.
A Abo, el único acostumbrado a este tipo de viajes, le pregunté si le gustaría acompañarme en el próximo, me contestó afirmativamente y a su vez me preguntó si podíamos ir en bicicleta. Le contesté que lo pensaría, ya que por mi parte no tenia la menor idea sobre lo que era una bicicleta todo terreno.
A la semana siguiente, recorrí casi todas las bicicleterías de Buenos Aires y decidí que podía hacer el viaje. Así, a fines de agosto, compré mi bici "Penélope” en Ste Max, Adrogué. Penélope es mi primera bicicleta de verdad, una Raleigh M60. Además, comencé a comprar la revista Biciclub. Abo me comentó en noviembre que se iría a Chile con un grupo de amigos; entonces le pregunté si podía ir yo también y me aceptaron.
En febrero de 1998 partimos de Primeros Pinos, en Neuquén, hacia el paso Icalma para ir a Chile y a los dos kilómetros… ¡ya me quería volver!
Ese día fue crucial, realmente era como bailar con la más fea, una cosa es el llano sin peso y otra la montaña con 45 kg en las alforjas, de los cuales la mitad fueron inútiles. Por suerte, mis amigos me aliviaron la carga y Abo me dio ánimo para seguir adelante, cosa que hice, casi siempre rezagado. Los punteros eran “el Ruso”, “el Chino”, “Choper”, y, luego, Adrián. El 15 de febrero fue como un salto para mí, casi me sentí ciclista.
El 15 de septiembre volamos a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, y, luego, por vía terrestre fuimos a La Paz. Visitamos además Tiawanaku, un lugar muy bello y triste.
En las 40 horas qu
e estuvimos en La Paz tratamos de aclimatarnos a la altura. Abo, sin problemas porque es andinista e himalayista: participó en dos de las siete expediciones argentinas al Himalaya. Recorrimos la zona céntrica y el mercado de comestibles y artesanías con mi amigo Abo, regateador profesional. A última hora volvimos al mercado a tomar un multivitamínico: licuado de banana, quinua, frutilla, almendra, ananá, alfalfa, papaya, manzana, huevo y malta. No faltaba nada para comenzar el ascenso con fuerzas. Al día siguiente, 21 de septiembre, salimos desde La Paz, a 3.636 metros sobre el nivel del mar, a las 6:45 y comenzamos a pedalear en subida. Para mí fue duro.
Llegamos a El Paso, a 4.710 metros sobre el nivel del mar, a las 15:00. En este trayecto, excedido de peso en las alforjas como siempre, tuve que descansar varias veces. Pero el esfuerzo valió la pena, el paisaje era espléndido con la vista del cerro Illimani, el más importante de Bolivia. Desde El Paso comenzó el descenso: unos 140km hasta Caranavi. Fue realmente alucinante bajar entre nubes y paredes de granito; la carretera es excelente.

No pude pasar los 55 km/h porque llevaba las alforjas mal balanceadas y había muchos precipicios. Llegamos a Cotapata a 54 km de La Paz a las 16:10; allí se terminaba el asfalto y acampamos.
En este lugar, a unos 2500 metros sobre el nivel del mar, comienzan los Yungas: la vegetación es subtropical, con muchos helechos y vertientes de agua que salen de las rocas: realmente el agua no es un problema.
El 22 de septiembre seguimos hasta Santa Bárbara. El lugar tenía únicamente 6 casas. Allí acam
pamos a orillas del río Coroico, muy cerca de su naciente. Al día siguiente partimos a las 8:00, después del mate y la sopa. La vegetación de los Yungas en esta zona se va haciendo cada vez más exuberante, no se me hubiera ocurrido que Bolivia fuera así en la región. Pasamos por los poblados de Challa, Villa Espada, El Choro, San Pedro, San Pablo, Chojña y 18 de Mayo. Estos lugares no figuran en la mayoría de los mapas.
Acampamos nuevamente al costado del río Coroico donde nos bañamos y pudimos pesc
ar: habíamos llevado caña y reel, todo compacto.Los caminos en esta zona son buenos y casi todos en bajada hasta Caranavi. Esta ciudad es la más importante desde el punto de vista comercial en la región de los Yungas y la cordillera Real. Llegamos a las 11:00 con un calor intenso: 40ºC a la sombra. Partimos de Caranavi a las 13:00, hora impecable para sufrir una insolación y lamentablemente en este recorrido el agua fue mucho más escasa.
Durante los primeros tres o cuatro kilómetros comenzaron los ascensos y fueron en aumento hasta llegar a Carrasco a las 17:00, donde acampamos al lado del río del mismo nombre; los ríos en esta zona son de unos diez metros de ancho.
Salimos de Carrasco con caminos en ascenso y, como si esto fuera poco, los lugareños nos decían: “Ya verán cuando lleguen a la cumbre”. Yo pensaba que no sería peor para mí que el primer día en Primeros Pinos. Seguía a Abo, escalador como pocos, caminando al lado de Penélope, contando cada paso desde Entre Ríos, Suapi, hasta el río La Paz (río Beni) y creyendo que no llegaría. El agua era muy escasa, el calor era agobiante y pocas mis fuerzas porque en verdad no soy un “Lorefice”. Sin embargo finalmente llegué adonde había un “chorrito” de agua con el que pude saciar mi sed. Desde Suapi me acompañaron unos chicos que salían de la escuela que me daban fuerzas, paraban cuando yo paraba y me alentaban, diciéndome que faltaba poco para la bajada. En realidad no era mucha la distancia, pero para mí, demasiada.
Partimos del puente Sapecho donde desayuné algo liviano –arroz, bife, banana frita y ensalada de cebolla– para afrontar las próximas subidas que no eran pocas. La primera de ellas fue la de Marimonos, de aproximadamente unos doce kilómetros. Esta cuesta fue la más dura y nuestra salvación fue una Colla que nos regaló papayas y bananas moradas. Hasta hoy pensamos con Abo que si no hubiese sido por ella no habríamos llegado al final de la cuesta. La temperatura era de 42ºC a la sombra y con poca agua. Fue el único día que vi a Abo un poco cansado. Yo iba buscando las sombras donde descansar algo. Creo que fue una imprudencia pedalear de 12:00 a 14:00, por suerte no nos insolamos.Después de este esfuerzo fue todo mejor. Pasamos por un poblado llamado Inicua, el camino en esa zona tenía mucho canto rodado y piedras cortantes y había que andar con mucho cuidado. Los camiones que pasaban daban un baño de polvo gratuito con bocinazos como música de fondo. Llegamos a las Delicias a las 17:00. Allí se estaba armando un partido de fútbol y nos invitaron. Aunque estaba cansado, acepté, fui al arco porque soy un pata dura y ganamos 4 a 0. La gente del lugar fue muy amable, no era tímida y preguntaba mucho: de dónde éramos, qué andábamos haciendo, si nos gustaban los lugares por donde íbamos pasando y cosas por el estilo. Dormimos en la escuela y nos comentaron que en ese lugar había bastantes víboras, habían matado una yarará dos días antes al lado del aula en la que dormimos.
Salimos de Las Delicias con buen ánimo para afrontar la próxima subida, El sillar, que no fue tan terrible como nos la habían pintado. Respetable, pero cómoda. En este trayecto desde Sapecho hasta la Cascada la vegetación cambia, es bastante baja y rala. En la Cascada estaban de fiesta y la comida fue cara y mala. Continuamos hasta Quiquibey, donde se divide la provincia de La Paz y el Beni.
El paisaje era muy lindo, había muchas orquídeas, Abo contó unas diez variedades que no conocía. Bajamos por un cañón con mucha vegetación y llegando a Yerusen conocimos a un personaje fuera de serie, que destilaba petróleo y producía aceite, gasoil y nafta, todo esto con una olla de 50 litros toda abollada por el calor, de la cual salía una serpentina; al final el enfriamiento por agua producía el combustible deseado. En esta zona el petróleo aflora a dos metros y la gente lo usa para iluminar sus casas. Además ese hombre cultivaba coca, café, urucum, bananas, papayas y caña de azúcar; los conocimientos de botánica que tenía nos asombraron. Tuvimos que seguir rumbo a la última cuesta, con unas papayas que nos regaló.
Esta cuesta se llama El Pilón, pero antes de comenzar la subida, llegamos a la reserva ecológ
ica Pilón Laja. Bolivia tiene siete parques nacionales y catorce reservas ecológicas. La cuesta del Pilón es la más dura y la más sinuosa de todas las que he pasado: es la forma que tiene la Cordillera Real de despedirse. Llegamos a Yucumo y acampamos al costado del río, donde nos bañamos, no es profundo. Debajo del puente había una colonia de murciélagos hematófagos que revolotearon hasta más de media noche cuando comenzó a llover y recién pude dormir, el calor se hacia sentir todo el tiempo. Desde aquí fuimos a Rurrenabaque, ciudad muy comercial, a orillas del río Beni. En ella conseguimos yerba Palermo, toda una fiesta. Desde aquí se puede ir por tierra a Perú y se pueden hacer excursiones a la selva; Rurrenabaque es la ciudad más sucia de Bolivia junto a puerto Juares frente a Corumba, Brasil. Aquí en Rurre estuvimos varados dos días por la lluvia. Lamentablemente tuvimos que seguir en colectivo. Pasamos por Reyes, Santa Rosa de Yacuma, zona que pertenece a las llanuras de Moxos, son muy inundables como la zona de Entre Ríos. Más allá de Santa Rosa nos quedamos empantanados y
pasamos la noche en el colectivo. En toda la región abundan los yacaré oberos, hay uno en cada charco; también los patos, garzas y cigüeñas. Durante la tarde se nos acabó el agua potable, así es que tomábamos el agua de la zona solo donde corría y era de lluvia. Llegamos al río Yata a las 11:00 y almorzamos charque con arroz y tomates, que con el hambre que teníamos pareció pollo con champignons. A partir de aquí el camino es inmejorable a pesar de ser de tierra y ripiado: habían tapado todos los pozos del año anterior, que eran de película.A las 18:00 llegamos a El Choro que es el cruce a Cobija, armamos las bicicletas y salimos rumbo a Tumichucua. En toda esta zona nos encontramos con muchos incendios forestales realizados con el propósito de aumentar las tierras de cultivo. Esta destrucción es inútil ya que esa tierra se agota en dos o tres años y lo peor es que no hay ningún tipo de control. Llegamos al pueblo de Tumichucua a las 23:30, acampamos en la orilla del lago y antes de dormir disfrutamos de un buen baño:,el agua era deliciosa y transparente, por suerte sin pirañas, anguilas eléctricas, ni candirues; sí hay caimanes, pero no están cerca del pueblo. Por la mañana tuvimos que mudar las carpas por el calor muy intenso, hicimos campamento debajo de los mangos que en toda esta zona abundan: nunca comí tantos.
Al día siguie
nte continuamos hacia Riberalta, el camino era muy bueno, llegamos a las 10:00 y fuimos a un hotel donde había estado el año anterior. Riberalta es una ciudad de unos 70.000 habitantes y esta a la orilla del río Beni cerca de donde desemboca el Madre de Dios. Esta ciudad vive de los aserraderos, la pesca y las procesadoras de almendras y palmitos, de los que quedan muy pocos. De esta ciudad se abastecen casi todos los pueblitos y barracas del interior del Beni y Pando y sale la mayor parte de la madera de Bolivia que va a Europa, Japón, EE. UU, etc., como mara, cedro, caoba, serejeira, lo cual significa que la están exterminando.Durante la siguiente jornada, continuamos hacia Guayaramerín. No habíamos hecho ni veinte kilóm
etros cuando vimos que avanzaban en sentido contrario dos ciclistas “raros”; al acercarnos a ellos, mi sorpresa fue mayúscula: el que venia adelante era nada más ni nada menos que Mariano Lorefice dando una segunda vuelta al mundo, el segundo era Jorge. Venían bajando de Caracas, Venezuela. Estuvimos charlando con fotos de por medio. Estos momentos no se repiten muchas veces en la vida. Mariano creo que es sin lugar a dudas el máximo exponente argentino en este tipo de travesías extremas y lamentablemente bastante desconocido para la gran mayoría, lo cual es muy injusto hacia un deportista que nos dejó bien parados en todos los lugares del mundo por donde pasó. Por desgracia los argentinos en su gran mayoría creen que hacen deporte sólo aquellos que corren como orates detrás de una pelota número 5, y no saben apreciar todas las disciplinas deportivas practicadas por sus compatriotas.Luego de esta gran sorpresa, seguimos adelante, llegamos a Rosario del Yata a las 12:00, cruzamos el río Yata y comimos algo. Aquí la malaria esta bastante extendida, hay mucha gente infectada.Seguimos andando a pesar del calor sofocante. El polvo que levantaban los autos y camiones hacía que nos sintiéramos hijos de la madre tierra: este hermoso talco rojo, ya que es tierra colorada como la de Misiones, se metía en todas partes. Por suerte íbamos encontrando arroy
os a lo largo del camino donde nos bañamos; estos baños nos retrasaron más de lo previsto, pero para nosotros no solo era hacer distancia, sino disfrutar del camino y todo los que nos iba deparando.Llegamos a Guayaramerín a orillas del río Mamoré a las 16:00; esta ciudad tiene unos 50.000 habitantes y vive del comercio legal e ilegal; sus mayores compradores son los brasileños. Es más o menos como Ciudad del Este en Paraguay: hay cosas legítimas e ilegítimas; al margen de esto, se dedican a la agricultura, ganadería y madera.
Al día siguiente fuimos a Guajará Mirím, en Brasil. Allí visitamos el museo de lo que fue el Ferrocarril Madeira Mamoré o “Ferrocarril de la muerte”; se llamó así por la gran cantidad de personas que murieron en su construcción. Se comenzó a construir en Santo Antonio, hoy Portho Belho, en 1856 aproximadamente y se terminó en 1912. Este ferrocarril se cobró más vidas que el Unión Pacific en EE.UU.
Se dice que murieron unas 90.000 personas y que cada durmiente es un muerto: tan solo son 460k
m. En su última etapa los obreros que no estaban enfermos trabajaban encadenados, el resto, que estaba con un pie en la tumba, no estaba encadenado, pero todos eran obviamente esclavos. Todo esto, para sacar el caucho del alto Madeira y de Bolivia; el peso del caucho se pagaba en oro: una libra esterlina, una libra de caucho, y la gran ironía es que el caucho bajó de precio gracias a las caucherías inglesas de Malasia. Debido a eso la esclavitud de los siringueiros acabo a medias; los ingleses robaron unas 70.000 semillas de Hebea Brasilensis y las hicieron germinar en viveros de Londres, por supuesto no pensaron en los esclavos. No quiero aburrirlos con un poco de nuestra injusta historia sudamericana.En la siguiente jornada, 6 de octubre, continuamos hacia Cachuela Esperanza y Villa Bella un poco más abajo por el río Beni en la desembocadura de Mamore; de la unión de estos dos ríos nace el río Madeira, desde donde salía casi todo el caucho de Bolivi
a. Actualmente esta ciudad está muy deteriorada. En los años 1900 y hasta 1935 fueron las ciudades mas importantes del Amazonas Boliviano. Cachuela Esperanza fue fundada por los hermanos Suárez: don Nicolás era el más capaz de los tres hermanos, estaba casado con doña Judit, que era argentina; los Suárez en esa época manejaban casi toda la explotación del caucho en Bolivia, segunda fuente de ingreso de libras esterlinas al país después del estaño; casi todas las personas que trabajaban con ellos eran semi esclavos.Este lugar se llama Cachuela por los rápidos que hay en el río Beni, que aquí tiene unos 500m de ancho; todos estos rápidos se deslizan sobre basalto, lo cual forma el escudo brasileño que se extiende por el Amazonas y Mato Grosso y que se formó cuando se levantó la Cordillera de los Andes, pero eso fue hace mucho tiempo atrás. Abo y yo seguimos nuestro viaje, cruzamos el río Beni aguas arriba de las cachuelas y entramos a las selvas de Pando. Es difícil describir esta zona, ya que nunca había visto nada igual en mis viajes: la vegetación es exuberante, con muchas variedades de palmeras –entre ellas, las asahi o palmiteras– mezcladas con árboles de caucho, lianas, orquídeas que crecen a 30m del suelo; hay tantas variedades que serían difíciles de clasificar; hay muchos pájaros que únicamente se los oye cantar, silbar, graznar, lo cual hace que el viaje sea algo fuera de lo común. Nosotros íbamos por cami
nos que había abierto la empresa que saca madera de gran valor. Respecto de la palmera palmitera llamada asahi, tiene unos diez metros de alto por diez centímetros de grosor y es cortada solo para sacarle el cogollo; normalmente un palmitero mata 40 palmeras por día para que unos cuantos inconscientes se deleiten sin saber o sabiendo que se esta haciendo un daño ecológico a gran escala. Particularmente yo no como palmitos.
Seguimos nuestro camino por esta selva increíble como pocas quedan en el planeta. Ese día hicimos unos 120km entre idas y vueltas, ya que nos habían indicado mal el camino, de todos los caminos que figuran en los mapas de Pando el 80% no existen; la persona que nos dibujó el camino por lo visto era zurda, su izquierda quedaba a la derecha, y viceversa. Nosotros buscábamos San Joaquín y Río Negro, avanzamos por lo menos 40km y nada, solo unas tablas que indicaban dichos lugares; llegamos a una bifurcación y tomamos el camino que indicaba hacia el campamento Kikiyariog; avanzamos unos 10km, sin agua, solo selva hermosa, pero muy peligrosa. Antes de esto nos cruzamos con una pantera negra que, por suerte no nos atacó. En esta zona hay jaguares, pumas, serpientes de todo tipo, arañas, tapires, murciélagos hematófagos, mosquitos anofeles: realmente es una selva.
De común acuerdo y como no teníamos un G. P. S. (Posicionador Geográfico Satelital) para encontrar el pueblo de Río Negro, nos volvimos con mucha sed hasta el primer hilo de agua que distaba unos 25km. Con 25ºC habría sido un paseo, pero otra cosa es con 37ºC: de veras que se siente. Luego de tanto trajinar, terminamos en Cachuela del Carmen, sobre el río Negro, lugar bastante lindo, de agua transparente y con una temperatura de unos 27ºC: lo primero que hicimos fue bañarnos en el río y tomar mucha agua.
Abo eligió un lugar donde el agua no corría y se le pegaron varias sanguijuelas. Este río tiene muchas anguilas eléctricas, las de garganta amarilla y roja que son las peores, pirañas, nutrias y sicuris (anacondas). Un poco más adelante, hacia el río Pacashuaras hay aborígenes no muy amigables; en esta zona hay tres tipos de malaria, una que mata a los 30 días, otra a la semana y media y otra a los tres días. Santa Rosa del Abuna tenía unas 70 familias y por una epidemia de malaria, ahora quedan cuatro.
Esa noche acampamos en Cachuela del Carmen. Ya estaba por acostarme cuando llego un mucha
cho que trabajaba con los madereros y me comentó que cerca del lugar había unas piedras semi redondas todas escritas, pero que nadie sabía lo que decían y que de estas hay varias en distintos lugares de la selva de la zona. Cuando se fue, mi mente comenzó a trabajar a mil por hora; lo primero que se me cruzó fue que serían runas hechas por los vikingos como las de la cordillera del Amanbay y Cerro Cora en Paraguay (solo los vikingos escribían con runas), así es que esa noche dormí muy poco pensando en esto: me levante a las 6:00 la primera vez y fui a ver dichas piedras; me desilusioné un poco, no eran runas, sino bajorrelieves, en el estado que estaban no podía hacerles ninguna toma, así es que volví al río tomé arcilla blanca, la marmita, un poco de agua y el pincel e hice los trazos en esa mole de piedra arenisca casi esférica. Hoy pienso la paciencia que tuvieron los que grabaron todo esto porque el grabado tiene un centímetro de profundidad y, lo más importante, qué quisieron transmitir y quiénes fueron. Supongo que estos bajorrelieves tienen más de 2000 años, cuando el río no corría por ahí como hoy.Finalmente, volvimos a la búsqueda de los escurridizos San Joaquín y Río Negro, desandamos p
arte del camino hecho el día anterior, llegamos a la intersección del camino que iba al campamento, aquí había una montaña de palmitos y el camino por el que nosotros íbamos estaba cortado por un árbol enorme de echoque, así es que fuimos por una picada, salimos al mismo camino y logramos llegar a San Joaquín que era un campamento abandonado, pero la flecha indicaba Río Negro; unos 40km más adelante encontramos el último campamento palmitero, pero como el camino seguía, decidimos seguir avanzando. A los diez kilómetros el camino ya no era camino y la tarde se hacía sentir. Eran las 17:00 y sin agua
no había mucho para elegir: volvimos al campamento palmitero en donde había agua y gente, cuatro personas, una multitud. Allí he tomado el agua con más gusto a podrido de mi vida, nada podía cortar el sabor, que se debía a las hojas, ramas y árboles que tiraban los madereros, pero no había otra opción. La gente que trabaja en esta zona con tal de comer carne come hasta los tucanes, los monos y todo lo que camina y vuela. Esa noche creo que fue la única que mi amigo Abo aceptó mi cuchillo muela Muflon de buenas ganas y yo, dormí protegido como siempre por mi machete, aunque, llegado el momento, frente a un jaguar sería un juguete, pero psicológicamente me sentía protegido.Para concluir, al día siguiente, 12 de octubre, comenzó el regreso a casa.
Lamentablemente no pudimos llegar a Abuna y volver por las costas del Madeira hasta Villa Bella, pero de todos modos fue un viaje inolvidable que volvería a hacer solo o con mi amigo y hermano Abo. Es muy difícil encontrar a una persona tan amiga en las buenas y en las malas, con agua o sin ella. En general, siempre viajo solo, sin embargo un día le dije a Abo “contigo me iría a Siberia”. Cuando terminamos el recorrido en Guayaramirin se lo volví a repetir.
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