sábado, 23 de mayo de 2009

Llanuras y selvas amazónicas


Luego de mucho esperar, se dio lo que deseaba: realizar un nuevo raid por Bolivia, pero esta vez fui solo.

El 27 de julio de 2000 cumplí 44 años y al día siguiente, a las 13:30, con mi bicicleta Penélope a punto, volaba en Lloyd Aéreo Boliviano, rumbo a Santa Cruz de la Sierra. Trataron a Penélope de lo peor. Llegué a destino y me encontré con un paro cívico (huelga) que, retrasó la partida hacia el norte.

Recién pude hacerlo dos días después, cuando tomé la decisión de ir desde Santa Cruz de la Sierra hasta Trinidad para aclimatarme.

Trinidad dista 562km de Santa Cruz de la Sierra y fue el lugar elegido para el comienzo de este raid. El primer día llegue hasta Pailón, a 55km de Santa Cruz, y pasé por el río Guapay, que tiene un puente ferroviario de unos 1.700 metros que se cruza en un único sentido por vez. Detrás de mí, había una caravana de alrededor de 25 vehículos. Los conductores fueron muy amables, nadie usó la bocina. Pailón es un pueblito de 3.000 habitantes donde conocí a Pedro Muiño, un uruguayo ex futbolista que actualmente maneja una parrilla.

Al día siguiente, 30 de julio, salí a las 7:30, atravesando una zona agrícola ganadera. La mayoría de los agricultores eran menonitas, gente muy agradable. Se cultiva girasol, maíz, soja, trigo, sorgo, etc. Uno de ellos me invitó a su casa, algo poco usual comparado con otras comunidades.

Luego, seguí mi viaje rumbo a San Ramón por un camino llano. Antes de llegar a la ciudad está el río San Ramón, donde aproveché para darme un baño: el agua estaba helada. En la ciudad se divide el camino, uno va hacia el Beni y el otro hacia San José de Chiquitos. Es un lugar muy comercial con un paisaje serrano, muchas subidas y bajadas y, por suerte, clima templado.

Continué hacia Guarayos, por un camino muy malo de ripio con subidas pronunciadas. Esta zona, hasta San Borja, fue de dominio jesuita con sus principales centros en San José de Chiquitos, Loreto y Concepción.

En Guarayos hay una iglesia, réplica modernizada de las jesuitas, que tiene la puerta tallada con distintos pasajes de la Biblia, pero, curiosamente, en idioma guaraní. Los guarayos y otras comunidades aborígenes tienen ascendencia tupi-guaraní: son personas de facciones agradables, piel cobriza y estatura baja.

El 1º de agosto partí de Guarayos a las 7:00 por un camino asfaltado y, por suerte, llano. Toda esta región hasta cerro Chico es pantanosa y de selva baja. En cerro Chico fui testigo de la voladura de un peñasco con dinamita para despejar el camino que estaban asfaltando. No presenciaba esto desde la época en que trabajaba en una mina en Chile.

Hasta San Pablo el camino aún estaba sin asfaltar, fueron 45km muy malos. Hubo zonas en que, por la tierra suelta, se hacía imposible pedalear. Llegué a San Pablo irreconocible: Penélope y yo cubiertos por la tierra que levantaban los vehículos. De esta forma me despedía de Santa Cruz. San Pablo es un pueblo chico, parada obligada de los ómnibus que van desde Trinidad a Santa Cruz. El río San Pablo divide los departamentos de Santa Cruz y del Beni.

El 2 de agosto partí hacia Trinidad, los primeros 40 Km fueron de ripio, luego asfalto. Circulé por una zona de grandes esteros y lagunas, vi yacarés, carpinchos y cigüeñas jaribu. Cuando llegué a Trinidad di por terminado el período de aclimatación y entrenamiento.

Al día siguiente, quise tomar mate y no encontré el termo, regalo de mi madre, lo había dejado en San Pablo, por lo tanto me tomé un taxi para buscarlo: 30 dólares ida y vuelta.

Trinidad, capital del departamento del Beni, tiene 80.000 habitantes y sería una ciudad más agradable si no fuera por su sistema de alcantarillado para aguas servidas, cunetas de ladrillo, a cielo abierto.

El 5 de agosto salí rumbo a San Ignacio de Moxos y llegué a Puerto Almacén sobre el río Ibares, lugar que no ha cambiado mucho desde mi viaje en 1997. Cuando llegué a puerto Varador, sobre el río Mamoré, mi asombro fue increíble ya que el cauce principal está seco; me comentaron que un ingeniero taponó una laguna y el agua se desvió al brazo principal. De allí pasé a puerto Ganadero y al curiosamente llamado puerto los Puentes: en toda la zona no hay puentes, los ríos se cruzan en pontones (balsas).

Esta región está poblada de cañaverales y montes bajos hasta llegar al río Tijamuchi. A partir de ahí comencé a ver en cada charco yacarés y carpinchos. Es una zona principalmente ganadera con camino transitable.

La temperatura no superaba los 37ºC y aproveché a parar en una zona selvática a comer. Me di cuenta de que tenía la rueda trasera pinchada; ya tenia la rueda afuera, cuando comencé a escuchar una especie de rugidos y aullidos, que provenían de la selva. La cubierta no quería entrar en la llanta y yo escuchaba los los gritos animales cada vez mas cerca, por lo tanto saqué de la funda el machete y el cuchillo... preparé hasta el tenedor. Al fin logré poner la cubierta y me quedé más tranquilo al ver que era una familia de monos: no escuchaba gritos y peleas de monos hacía más de 25 años, así es que el susto me lo llevé igual. Luego, los monos me acompañaron durante un tramo por la selva como suelen hacer los hurones.

Llegue a San Ignacio de Moxos, sin novedad. Por la noche, con la participación de casi todo el pueblo se realizó la fiesta de la Tea: la gente se disfraza y algunos con trajes típicos de la zona.

Al día siguiente, 6 de agosto, día de la Independencia de Bolivia, presencié el desfile cívico-militar. Me asombró la cantidad de niños y adolescentes. Cuando consulté sobre el tema, me enteré que una familia tipo no tiene menos de 5 hijos.

En esta ciudad hay una iglesia jesuita, que data de 1768; su cura párroco era español y fue muy agradable hablar con él.

El 7 de agosto, partí hacia San Borja: los primeros 50km son buenos, pero los 93km restantes, de terror.Este tramo fue muy duro, muchos pozos, arenales y ningún poblado, así que por primera vez consumí Power Bar. Esta zona es el centro de las llanuras de Moxos.

Desde ahí, partí hacia Yucumo, donde conocí a Oscar Paz, en la tranca de la embocada. Me invitó a tomar chive con chancaca (harina de yuca y miel de caña solidificada, con agua), muy rico y vigorizante, y a comer chorizos secados al sol.
Llegué a Yucumo sin novedad; desde ahí ya se ven las montañas de la cordillera Real.

Pasé por el puente sobre el río Yucumo, donde había acampado con Abo en mi viaje anterior y sigue afincada allí la colonia de murciélagos. Acampé en la tranca que es un control del ganado y de la madera que sale del Beni. Allí conocí al Negro Arteaga y a Eduardo Ferreira Carmona, de Gualeguaychú, Entre Ríos, ingeniero industrial, buscador de oro, cazador y maderero, que vive en Bolivia hace 23 años y ha estado en gran parte de Sudamérica, trabajando para la Texaco. Conoce Bolivia de punta a punta y me invitó a ir a Toregua, una reserva en el parque nacional Madidi, del cual es uno de los socios. En la tranca me pidieron que hiciera un asado al estilo argentino, a lo cual no me negué. La carne no era muy buena pero salió bastante bien.

El 11 de agosto partí hacia Rurrenabaque: el camino fue bueno los primeros 50km, pero empeoró llegando a la ciudad. En esta zona hay varias comunidades Chimanes. Estos aborígenes son depredadores, matan cuanto animal se le cruza (monos marimondas, manechis, cerdos, etc.); parte lo usan para su propio consumo y el resto lo venden por la calle.

Los Chimanes de la zona de Rurrenabaque pescan con redes y espineles; tienen canoas con conservadoras a nafta y congelan el pescado para luego llevarlo al Altiplano. Los que están en el río Undumo pescan con barbasco, savia de un árbol, que tiran al agua y deja ciegos a los peces que entonces flotan; así lo único que tienen que hacer es sacarlos del agua, aunque también lo hacen con dinamita.

A las 19:00 del mismo día llegué a Rurrenabaque. Esta ciudad se ha convertido en un centro turístico importante. Todo comenzó después de que un israelí escribió un libro sobre sus aventuras en la selva del Tuichi: el hombre se perdió con otro amigo y uno de ellos fue rescatado cuando ya lo daban por muerto. Lamentablemente, el otro murió, lo encontró un lugareño con un guía Tacana. Un día apareció un israelí y dijo que quería conocer al hombre que salvó a un judío, le agradeció su gesto y le dio un sobre con 100.000 dólares. He aquí que este lugareño ya tenía la mayoría de las agencias de turismo de aventura de la zona; hoy hay una veintena y ya pueden imaginarse de quienes son.

El “turismo de aventura” está preparado para norteamericanos: los llevan a ver un par de carpinchos, unos yacarés y, en la selva, unos cuantos monos, tucanes y hormigas, esto por 40 dólares por día. Los gringos contentos.

A pesar del dinero que circula, Rurrenabaque sigue siendo una ciudad bastante sucia.

El 14 de agosto pasé a San Buenaventura y continué mi raid rumbo a Tumupasa, en el departamento de La Paz. El camino era bastante malo, pero el paisaje, majestuoso: a un lado los cerros con mucha vegetación, al otro lado, la llanura con selva, no muy alta. Me acompañó el canto de los pájaros, el grito de los monos y otros animales, y, por suerte, no escuché rugidos.

La experiencia es grandiosa. Aunque hay que estar atento, pues hay jaguares, panteras y tigrillos, aunque estos últimos no son peligrosos. Como había un arroyo cada 500 metros, los Shimano no me los saqué. En el río Tumupasa me di un baño excelente cuando me caí en medio de la corriente.

Llegue a Tumupasa a las 17:30 y estaba buscando alojamiento, cuando se me acercó una persona a preguntarme si traía libros. Sorprendido le pregunté por qué creía que yo traía libros y me contestó que, puesto que yo traía una remera con la inscripción “Atalaya”, pensó que yo era un testigo de Jehová… La saqué de su error, explicándole que ese era el nombre de un de las mejores bicicleterías de Buenos Aires.

A partir de este incidente, comprendí el porqué de que, en algunos lugares, la gente se hubiera apartado y me hubiese mirado de reojo. Hasta la fecha en que realicé mi raid, fui el único que hizo el tramo San Buenaventura-Ixiamas en bicicleta.

Tumupasa tiene para mí un valor especial por el hecho de que por aquí anduvo, en 1911, P. H. Fawcett, mi mentor. P. H. Fawcett fue uno de los mejores exploradores del Amazonas. No solo era explorador, sino también cartógrafo y topógrafo. Fue quien trazó los límites entre Perú y Bolivia y entre Bolivia y Brasil entre 1906 y 1914. Con su libro A través de la selva amazónica, me inspiré en estos viajes. Él se perdió en la selva del Xingu en 1925.

El 14 de agosto me levanté muy temprano para contemplar la salida del sol sobre la selva del Beni. La fauna de esta zona es muy abundante. Hay curichis, sicuris (de las grandes), caimanes, tapires, jaguares y pumas. El peligro real no está en los animales grandes, sino en los pequeños. Abundan la malaria y la leshmaniasis.

Enfilé hacia Ixiamas, un lugar mítico de Bolivia, y cuando faltaban 30km para llegar, pinché la rueda trasera, pero la arreglé y aproveché la parada para almorzar y darme un baño en una piscina natural formada por el río.

Cuando no había hecho más de un kilómetro, se me salió la rueda trasera, no la había ajustado bien. Corté la varilla del cierre rápido, así es que la até con alambre de fardo y seguí despacio, a no más de 15km/h. Entré en Ixiamas a las 19:00 y para celebrar compre un lata de cerveza Paseña, compartí con Penélope y el resto me la tomé...

De todos los caminos que he recorrido en Chile, Argentina y Uruguay, este fue el peor de todos no solo por los 110 arroyos y ríos que hay que cruzar, sino por las piedras y el ripio.

Ixiamas es un lugar muy interesante: hay colonias de menonitas, rusos, checos, polacos, alemanes, italianos, brasileños y norteamericanos.

La mayoría trabajaba en el campo, en la tala de árboles, salvo un alemán que conocí, Jens, que se dedicaba a la cría de gallos de riña y también de serpientes, una persona bastante particular.

Un dato histórico es que en esta zona viven los descendientes de Sundance Kid, amigo y socio de Butch Cassidy. Cuentan que Sundance se cambio el apellido por el de Harbit y luego por Howart. Este pistolero trabajó con Fawcett en la exploración de la zona de Pando y de La Paz, Fawcett cuenta que este hombre era infalible con el revólver. Harbit murió en 1952, a los 90 años y manco por pescar con dinamita. Actualmente viven una hija y un hijo de él.

También viven en esta zona, los descendientes de Bruno Racua, un héroe boliviano, de la guerra del acre contra los invasores brasileños.

Me alojé en “Los Gauchitos”, cuyo nombre se debe a que los hijos del propietario nacieron en Tupungato, Mendoza. La comida y la atención fueron muy buenas.

El 16 de agosto, con Penélope libre de carga, tomé por el camino que va a San Antonio, en la cordillera del Tigre. Hice unos 20km hasta el río Sata Ariapo; no continué por considerarlo peligroso, pues abundan los animales grandes y también hay leshmaniasis o espundia (una especie de lepra).

El 19 de agosto preparé mi regreso a Rurrenabaque; lo hice en una 4x4, acompañado por don Alejandro Sanjines (secretario de la alcaldía de Ixiamas) y Don Néstor Badani, ambos grandes conocedores de la zona.

Volví al mismo hotel, El Paraíso, donde dejé parte del equipaje, documentos y dinero. La atención en el hotel, muy buena.

Dos días después partí hacia Riberalta en ómnibus, por la empresa La Yungueña, de la zona, la mejor. Llegué a las dos de la mañana. Deje a Penélope y las alforjas en las oficinas de la empresa y deambulé por la ciudad hasta las 6:30. Dormí un rato en la plaza, el problema fue ir al baño ya que hay muy pocos baldíos.

Partí hacia Cobija a las 9:45 y la llegada fue a las 20:45. La ciudad ha crecido mucho desde la última vez que estuve, pero casi no queda selva en las proximidades. Los hoteles de Cobija siguen siendo caros y malos.

El 23 de agosto partí hacia Porvenir, a 38km de Cobija. En la plaza de aquel lugar, entre palmeras y castañas de cajú hay un monumento a Nicolás Suárez y a Bruno Racua. Este último hizo volar el polvorín de Bahía (hoy ciudad de Cobija) de los brasileños con una flecha encendida desde una distancia de 200 metros, ocasión en la que se produjeron unas 60 bajas. De todos modos, los brasileños se quedaron con toda la región del acre, previo pago de 2.500.000 de libras esterlinas oro, una ganga que Brasil recuperó en solo 2 años extrayendo caucho. Los brasileños han causado daños irreparables en el Amazonas, Matto Grosso y el Sertao.

Al día siguiente seguí mi ruta hacia puerto Rico. El camino es bueno, de tierra colorada, con muchas subidas y bajadas, la selva es alta, con muchos animales; en este trayecto hay pocos poblados, pero el agua no es problema, pues los arroyos y los manantiales son frecuentes. Este tramo fue el que más me gustó de toda la travesía.
Llegué a puerto Pobre y crucé a puerto Rico, ambos lugares están sobre el río Orthon, famoso por las pirañas, candirues y las sicuris. Me alojé en un “residencial”, donde las paredes divisorias de las habitaciones eran de madera y la parte del frente, cerrada solamente a dos metros del piso. Por supuesto dormí con mosquitero, por miedo a los murciélagos hematófagos; la tarifa fue de $2.

Al día siguiente, partí de puerto Rico rumbo al Sena; el camino es bueno, con algunas bajadas. La peor que he visto, la llamada “del sacrificio”, tendría unos 500m, pero parece la bajada de una montaña rusa. En la parte baja había un arroyito donde unos chicos estaban lavando ropa. Tome un merecido baño y después de eso encaré la subida: era una cuestión de honor.

Seguí hacia el puerto Madre de Dios, sobre el río del mismo nombre, llegue a las 15:00 y allí conocí a Don Presi Méndez, dueño de la mitad del poblado y de los pontones, quien me invitó a comer y quedarme en su casa.

Con su sobrino Daniel, fuimos en un deslizador por el Madre de Dios y luego por el Manurimi, hasta donde tienen jaulas con paiches (pirarucu), enormes peces depredadores. Los venden vivos a Brasil: los llevan en camiones volcadores con agua, los que se mueren, los charquean. A las hembras con huevas las pagan 2,50 dólares por kilo y a los machos 1,50 dólares. Los brasileños han exterminado estos peces y quieren enmendar el daño. En el campamento de los pescadores, comí por primera vez tucunare: exquisito. Aquí, en el río Madre de Dios, dicen que hay anacondas gigantescas y otros animales raros.

El 26 de agosto me despedí de esta buena gente y crucé al puerto Sena sobre el río Manuripi donde desayuné. Allí vi pieles de jaguares de unos dos metros ¡Por suerte no me los encontré vivos!

Llegué a puerto Copacabana, cruzando selva alta y con buen camino. Este puerto se encuentra sobre el río Beni que en este lugar tiene unos 900 metros de ancho y es muy profundo. Este río hace de límite con el departamento de Pando. Crucé a Peña Amarilla y probé chicha de yuca (mandioca). Seguí hasta el río Genesguaya y acampe en un tinglado. Me di un baño rápido en el río, pues me habían avisado que abundaban las puraqué (anguilas eléctricas) y los candirues.

Al día siguiente partí hacia Tumichucua, y cargué agua en la noria del pueblo.
Llegué a Tumichucua a las 13:30, fui a la playita donde había estado con Abo: todo estaba muy descuidado.

Mientras tomaba un baño en la playita, me avisaron que al día siguiente, lunes, había un paro cívico, así es que rápidamente monte a Penélope y partí hacia Riberalta para retirar parte de mi equipaje. En el trayecto me acompañó Hernán, del Club de raidistas de Riberalta.

Luego me alojé en el residencial el Pauro, “manantial”, donde ya había estado alojado en dos oportunidades, el lugar es agradable y muy limpio, la comida que prepara su dueña, Mary Dana, es excelente.

El 29 de agosto a las 6:00 me fui rumbo a Cachuela Esperanza junto a cuatro raidistas que me acompañaron hasta el kilómetro 60. Fue grato tener compañía. Los primeros 50km los hicimos en dos horas y los 46km restantes en cuatro horas y media.

En esta zona la selva es alta, realmente hermosa, pero lo lamentable es que pronto, todo esta belleza estará destruída. Ya tuve esa amarga experiencia: no es de asombrarse, a mayor tecnología más destrucción. Por eso hay que disfrutar mientras se pueda.

Llegué a Cachuela Esperanza,
donde estuve dos días y luego continué hacia Guayaramerin donde culminé mi raid.

Realmente, este viaje superó
mis expectativas: hice 1.800km en 17 días con un total de 107 horas de pedaleo. Fueron 38 días plenos de vivencias,
durante los cuales recibí el cariño y respeto de la gente.

Algo que me sucedió en
Guayaramerín fue realmente
grato: me acerqué a un puesto
de jugos que atendía una señora; ella me ofreció uno y
al agradecerle, me contestó “No tiene por qué. Usted
lleva mi bandera en su bicicleta”. Seguimos hablando
y en un momento me dijo algo para lo que no tuve respuesta: “Qué mal nos dejó Maradona en el mundo” y no, “qué mal ‘los’ dejó.

Llegué a mi casa el 8 de septiembre bajo una lluvia torrencial y ya pensando en un próximo raid que abarque Panamá, Nicaragua, El Salvador y Costa Rica… si Dios lo permite.



sábado, 9 de mayo de 2009

Del Altiplano al Amazonas

Todo comenzó en 1997, en Longchamps, provincia de Buenos Aires, donde vivo, el 27 de julio, día de mi cumpleaños. Había invitado a gente que quiero, entre ellos, a Abo Naccachian. Mientras cuidaba el asado, les conté de mi último viaje, del que había vuelto hacía solo 21 días.

Había ido desde Buenos Aires hasta Yacuiba, Bolivia y realicé un periplo que me llevó al Amazonas boliviano y, luego, al Amazonas brasileño para terminar en Pedro Juan Caballero, ya en Paraguay. Era mi segundo viaje por allí: apenas una vueltita de 10.000km.

A Abo, el único acostumbrado a este tipo de viajes, le pregunté si le gustaría acompañarme en el próximo, me contestó afirmativamente y a su vez me preguntó si podíamos ir en bicicleta. Le contesté que lo pensaría, ya que por mi parte no tenia la menor idea sobre lo que era una bicicleta todo terreno.

A la semana siguiente, recorrí casi todas las bicicleterías de Buenos Aires y decidí que podía hacer el viaje. Así, a fines de agosto, compré mi bici "Penélope” en Ste Max, Adrogué. Penélope es mi primera bicicleta de verdad, una Raleigh M60. Además, comencé a comprar la revista Biciclub. Abo me comentó en noviembre que se iría a Chile con un grupo de amigos; entonces le pregunté si podía ir yo también y me aceptaron.

En febrero de 1998 partimos de Primeros Pinos, en Neuquén, hacia el paso Icalma para ir a Chile y a los dos kilómetros… ¡ya me quería volver!

Ese día fue crucial, realmente era como bailar con la más fea, una cosa es el llano sin peso y otra la montaña con 45 kg en las alforjas, de los cuales la mitad fueron inútiles. Por suerte, mis amigos me aliviaron la carga y Abo me dio ánimo para seguir adelante, cosa que hice, casi siempre rezagado. Los punteros eran “el Ruso”, “el Chino”, “Choper”, y, luego, Adrián. El 15 de febrero fue como un salto para mí, casi me sentí ciclista.

El 15 de septiembre volamos a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, y, luego, por vía terrestre fuimos a La Paz. Visitamos además Tiawanaku, un lugar muy bello y triste.

En las 40 horas que estuvimos en La Paz tratamos de aclimatarnos a la altura. Abo, sin problemas porque es andinista e himalayista: participó en dos de las siete expediciones argentinas al Himalaya.

Recorrimos la zona céntrica y el mercado de comestibles y artesanías con mi amigo Abo, regateador profesional. A última hora volvimos al mercado a tomar un multivitamínico: licuado de banana, quinua, frutilla, almendra, ananá, alfalfa, papaya, manzana, huevo y malta. No faltaba nada para comenzar el ascenso con fuerzas. Al día siguiente, 21 de septiembre, salimos desde La Paz, a 3.636 metros sobre el nivel del mar, a las 6:45 y comenzamos a pedalear en subida. Para mí fue duro.

Llegamos a El Paso, a 4.710 metros sobre el nivel del mar, a las 15:00. En este trayecto, excedido de peso en las alforjas como siempre, tuve que descansar varias veces. Pero el esfuerzo valió la pena, el paisaje era espléndido con la vista del cerro Illimani, el más importante de Bolivia. Desde El Paso comenzó el descenso: unos 140km hasta Caranavi. Fue realmente alucinante bajar entre nubes y paredes de granito; la carretera es excelente.

No pude pasar los 55 km/h porque llevaba las alforjas mal balanceadas y había muchos precipicios. Llegamos a Cotapata a 54 km de La Paz a las 16:10; allí se terminaba el asfalto y acampamos.

En este lugar, a unos 2500 metros sobre el nivel del mar, comienzan los Yungas: la vegetación es subtropical, con muchos helechos y vertientes de agua que salen de las rocas: realmente el agua no es un problema.

El 22 de septiembre seguimos hasta Santa Bárbara. El lugar tenía únicamente 6 casas. Allí acampamos a orillas del río Coroico, muy cerca de su naciente. Al día siguiente partimos a las 8:00, después del mate y la sopa. La vegetación de los Yungas en esta zona se va haciendo cada vez más exuberante, no se me hubiera ocurrido que Bolivia fuera así en la región.


Pasamos por los poblados de Challa, Villa Espada, El Choro, San Pedro, San Pablo, Chojña y 18 de Mayo. Estos lugares no figuran en la mayoría de los mapas.

Acampamos nuevamente al costado del río Coroico donde nos bañamos y pudimos pescar: habíamos llevado caña y reel, todo compacto.


Los caminos en esta zona son buenos y casi todos en bajada hasta Caranavi. Esta ciudad es la más importante desde el punto de vista comercial en la región de los Yungas y la cordillera Real. Llegamos a las 11:00 con un calor intenso: 40ºC a la sombra. Partimos de Caranavi a las 13:00, hora impecable para sufrir una insolación y lamentablemente en este recorrido el agua fue mucho más escasa.

Durante los primeros tres o cuatro kilómetros comenzaron los ascensos y fueron en aumento hasta llegar a Carrasco a las 17:00, donde acampamos al lado del río del mismo nombre; los ríos en esta zona son de unos diez metros de ancho.

Salimos de Carrasco con caminos en ascenso y, como si esto fuera poco, los lugareños nos decían: “Ya verán cuando lleguen a la cumbre”. Yo pensaba que no sería peor para mí que el primer día en Primeros Pinos. Seguía a Abo, escalador como pocos, caminando al lado de Penélope, contando cada paso desde Entre Ríos, Suapi, hasta el río La Paz (río Beni) y creyendo que no llegaría. El agua era muy escasa, el calor era agobiante y pocas mis fuerzas porque en verdad no soy un “Lorefice”. Sin embargo finalmente llegué adonde había un “chorrito” de agua con el que pude saciar mi sed. Desde Suapi me acompañaron unos chicos que salían de la escuela que me daban fuerzas, paraban cuando yo paraba y me alentaban, diciéndome que faltaba poco para la bajada. En realidad no era mucha la distancia, pero para mí, demasiada.

Partimos del puente Sapecho donde desayuné algo liviano –arroz, bife, banana frita y ensalada de cebolla– para afrontar las próximas subidas que no eran pocas. La primera de ellas fue la de Marimonos, de aproximadamente unos doce kilómetros. Esta cuesta fue la más dura y nuestra salvación fue una Colla que nos regaló papayas y bananas moradas. Hasta hoy pensamos con Abo que si no hubiese sido por ella no habríamos llegado al final de la cuesta. La temperatura era de 42ºC a la sombra y con poca agua. Fue el único día que vi a Abo un poco cansado. Yo iba buscando las sombras donde descansar algo. Creo que fue una imprudencia pedalear de 12:00 a 14:00, por suerte no nos insolamos.Después de este esfuerzo fue todo mejor. Pasamos por un poblado llamado Inicua, el camino en esa zona tenía mucho canto rodado y piedras cortantes y había que andar con mucho cuidado. Los camiones que pasaban daban un baño de polvo gratuito con bocinazos como música de fondo. Llegamos a las Delicias a las 17:00. Allí se estaba armando un partido de fútbol y nos invitaron. Aunque estaba cansado, acepté, fui al arco porque soy un pata dura y ganamos 4 a 0. La gente del lugar fue muy amable, no era tímida y preguntaba mucho: de dónde éramos, qué andábamos haciendo, si nos gustaban los lugares por donde íbamos pasando y cosas por el estilo. Dormimos en la escuela y nos comentaron que en ese lugar había bastantes víboras, habían matado una yarará dos días antes al lado del aula en la que dormimos.

Salimos de Las Delicias con buen ánimo para afrontar la próxima subida, El sillar, que no fue tan terrible como nos la habían pintado. Respetable, pero cómoda. En este trayecto desde Sapecho hasta la Cascada la vegetación cambia, es bastante baja y rala. En la Cascada estaban de fiesta y la comida fue cara y mala. Continuamos hasta Quiquibey, donde se divide la provincia de La Paz y el Beni.

El paisaje era muy lindo, había muchas orquídeas, Abo contó unas diez variedades que no conocía. Bajamos por un cañón con mucha vegetación y llegando a Yerusen conocimos a un personaje fuera de serie, que destilaba petróleo y producía aceite, gasoil y nafta, todo esto con una olla de 50 litros toda abollada por el calor, de la cual salía una serpentina; al final el enfriamiento por agua producía el combustible deseado. En esta zona el petróleo aflora a dos metros y la gente lo usa para iluminar sus casas. Además ese hombre cultivaba coca, café, urucum, bananas, papayas y caña de azúcar; los conocimientos de botánica que tenía nos asombraron. Tuvimos que seguir rumbo a la última cuesta, con unas papayas que nos regaló.

Esta cuesta se llama El Pilón, pero antes de comenzar la subida, llegamos a la reserva ecológica Pilón Laja. Bolivia tiene siete parques nacionales y catorce reservas ecológicas. La cuesta del Pilón es la más dura y la más sinuosa de todas las que he pasado: es la forma que tiene la Cordillera Real de despedirse. Llegamos a Yucumo y acampamos al costado del río, donde nos bañamos, no es profundo. Debajo del puente había una colonia de murciélagos hematófagos que revolotearon hasta más de media noche cuando comenzó a llover y recién pude dormir, el calor se hacia sentir todo el tiempo. Desde aquí fuimos a Rurrenabaque, ciudad muy comercial, a orillas del río Beni. En ella conseguimos yerba Palermo, toda una fiesta. Desde aquí se puede ir por tierra a Perú y se pueden hacer excursiones a la selva; Rurrenabaque es la ciudad más sucia de Bolivia junto a puerto Juares frente a Corumba, Brasil. Aquí en Rurre estuvimos varados dos días por la lluvia.

Lamentablemente tuvimos que seguir en colectivo. Pasamos por Reyes, Santa Rosa de Yacuma, zona que pertenece a las llanuras de Moxos, son muy inundables como la zona de Entre Ríos. Más allá de Santa Rosa nos quedamos empantanados y pasamos la noche en el colectivo. En toda la región abundan los yacaré oberos, hay uno en cada charco; también los patos, garzas y cigüeñas. Durante la tarde se nos acabó el agua potable, así es que tomábamos el agua de la zona solo donde corría y era de lluvia. Llegamos al río Yata a las 11:00 y almorzamos charque con arroz y tomates, que con el hambre que teníamos pareció pollo con champignons.

A partir de aquí el camino es inmejorable a pesar de ser de tierra y ripiado: habían tapado todos los pozos del año anterior, que eran de película.A las 18:00 llegamos a El Choro que es el cruce a Cobija, armamos las bicicletas y salimos rumbo a Tumichucua. En toda esta zona nos encontramos con muchos incendios forestales realizados con el propósito de aumentar las tierras de cultivo. Esta destrucción es inútil ya que esa tierra se agota en dos o tres años y lo peor es que no hay ningún tipo de control. Llegamos al pueblo de Tumichucua a las 23:30, acampamos en la orilla del lago y antes de dormir disfrutamos de un buen baño:,el agua era deliciosa y transparente, por suerte sin pirañas, anguilas eléctricas, ni candirues; sí hay caimanes, pero no están cerca del pueblo. Por la mañana tuvimos que mudar las carpas por el calor muy intenso, hicimos campamento debajo de los mangos que en toda esta zona abundan: nunca comí tantos.

Al día siguiente continuamos hacia Riberalta, el camino era muy bueno, llegamos a las 10:00 y fuimos a un hotel donde había estado el año anterior. Riberalta es una ciudad de unos 70.000 habitantes y esta a la orilla del río Beni cerca de donde desemboca el Madre de Dios. Esta ciudad vive de los aserraderos, la pesca y las procesadoras de almendras y palmitos, de los que quedan muy pocos. De esta ciudad se abastecen casi todos los pueblitos y barracas del interior del Beni y Pando y sale la mayor parte de la madera de Bolivia que va a Europa, Japón, EE. UU, etc., como mara, cedro, caoba, serejeira, lo cual significa que la están exterminando.

Durante la siguiente jornada, continuamos hacia Guayaramerín. No habíamos hecho ni veinte kilómetros cuando vimos que avanzaban en sentido contrario dos ciclistas “raros”; al acercarnos a ellos, mi sorpresa fue mayúscula: el que venia adelante era nada más ni nada menos que Mariano Lorefice dando una segunda vuelta al mundo, el segundo era Jorge. Venían bajando de Caracas, Venezuela. Estuvimos charlando con fotos de por medio. Estos momentos no se repiten muchas veces en la vida. Mariano creo que es sin lugar a dudas el máximo exponente argentino en este tipo de travesías extremas y lamentablemente bastante desconocido para la gran mayoría, lo cual es muy injusto hacia un deportista que nos dejó bien parados en todos los lugares del mundo por donde pasó. Por desgracia los argentinos en su gran mayoría creen que hacen deporte sólo aquellos que corren como orates detrás de una pelota número 5, y no saben apreciar todas las disciplinas deportivas practicadas por sus compatriotas.

Luego de esta gran sorpresa, seguimos adelante, llegamos a Rosario del Yata a las 12:00, cruzamos el río Yata y comimos algo. Aquí la malaria esta bastante extendida, hay mucha gente infectada.Seguimos andando a pesar del calor sofocante. El polvo que levantaban los autos y camiones hacía que nos sintiéramos hijos de la madre tierra: este hermoso talco rojo, ya que es tierra colorada como la de Misiones, se metía en todas partes. Por suerte íbamos encontrando arroyos a lo largo del camino donde nos bañamos; estos baños nos retrasaron más de lo previsto, pero para nosotros no solo era hacer distancia, sino disfrutar del camino y todo los que nos iba deparando.


Llegamos a Guayaramerín a orillas del río Mamoré a las 16:00; esta ciudad tiene unos 50.000 habitantes y vive del comercio legal e ilegal; sus mayores compradores son los brasileños. Es más o menos como Ciudad del Este en Paraguay: hay cosas legítimas e ilegítimas; al margen de esto, se dedican a la agricultura, ganadería y madera.

Al día siguiente fuimos a Guajará Mirím, en Brasil. Allí visitamos el museo de lo que fue el Ferrocarril Madeira Mamoré o “Ferrocarril de la muerte”; se llamó así por la gran cantidad de personas que murieron en su construcción. Se comenzó a construir en Santo Antonio, hoy Portho Belho, en 1856 aproximadamente y se terminó en 1912. Este ferrocarril se cobró más vidas que el Unión Pacific en EE.UU.

Se dice que murieron unas 90.000 personas y que cada durmiente es un muerto: tan solo son 460km. En su última etapa los obreros que no estaban enfermos trabajaban encadenados, el resto, que estaba con un pie en la tumba, no estaba encadenado, pero todos eran obviamente esclavos. Todo esto, para sacar el caucho del alto Madeira y de Bolivia; el peso del caucho se pagaba en oro: una libra esterlina, una libra de caucho, y la gran ironía es que el caucho bajó de precio gracias a las caucherías inglesas de Malasia. Debido a eso la esclavitud de los siringueiros acabo a medias; los ingleses robaron unas 70.000 semillas de Hebea Brasilensis y las hicieron germinar en viveros de Londres, por supuesto no pensaron en los esclavos. No quiero aburrirlos con un poco de nuestra injusta historia sudamericana.

En la siguiente jornada, 6 de octubre, continuamos hacia Cachuela Esperanza y Villa Bella un poco más abajo por el río Beni en la desembocadura de Mamore; de la unión de estos dos ríos nace el río Madeira, desde donde salía casi todo el caucho de Bolivia. Actualmente esta ciudad está muy deteriorada. En los años 1900 y hasta 1935 fueron las ciudades mas importantes del Amazonas Boliviano. Cachuela Esperanza fue fundada por los hermanos Suárez: don Nicolás era el más capaz de los tres hermanos, estaba casado con doña Judit, que era argentina; los Suárez en esa época manejaban casi toda la explotación del caucho en Bolivia, segunda fuente de ingreso de libras esterlinas al país después del estaño; casi todas las personas que trabajaban con ellos eran semi esclavos.

Este lugar se llama Cachuela por los rápidos que hay en el río Beni, que aquí tiene unos 500m de ancho; todos estos rápidos se deslizan sobre basalto, lo cual forma el escudo brasileño que se extiende por el Amazonas y Mato Grosso y que se formó cuando se levantó la Cordillera de los Andes, pero eso fue hace mucho tiempo atrás. Abo y yo seguimos nuestro viaje, cruzamos el río Beni aguas arriba de las cachuelas y entramos a las selvas de Pando. Es difícil describir esta zona, ya que nunca había visto nada igual en mis viajes: la vegetación es exuberante, con muchas variedades de palmeras –entre ellas, las asahi o palmiteras– mezcladas con árboles de caucho, lianas, orquídeas que crecen a 30m del suelo; hay tantas variedades que serían difíciles de clasificar; hay muchos pájaros que únicamente se los oye cantar, silbar, graznar, lo cual hace que el viaje sea algo fuera de lo común. Nosotros íbamos por caminos que había abierto la empresa que saca madera de gran valor.
Respecto de la palmera palmitera llamada asahi, tiene unos diez metros de alto por diez centímetros de grosor y es cortada solo para sacarle el cogollo; normalmente un palmitero mata 40 palmeras por día para que unos cuantos inconscientes se deleiten sin saber o sabiendo que se esta haciendo un daño ecológico a gran escala. Particularmente yo no como palmitos.

Seguimos nuestro camino por esta selva increíble como pocas quedan en el planeta. Ese día hicimos unos 120km entre idas y vueltas, ya que nos habían indicado mal el camino, de todos los caminos que figuran en los mapas de Pando el 80% no existen; la persona que nos dibujó el camino por lo visto era zurda, su izquierda quedaba a la derecha, y viceversa. Nosotros buscábamos San Joaquín y Río Negro, avanzamos por lo menos 40km y nada, solo unas tablas que indicaban dichos lugares; llegamos a una bifurcación y tomamos el camino que indicaba hacia el campamento Kikiyariog; avanzamos unos 10km, sin agua, solo selva hermosa, pero muy peligrosa. Antes de esto nos cruzamos con una pantera negra que, por suerte no nos atacó. En esta zona hay jaguares, pumas, serpientes de todo tipo, arañas, tapires, murciélagos hematófagos, mosquitos anofeles: realmente es una selva.

De común acuerdo y como no teníamos un G. P. S. (Posicionador Geográfico Satelital) para encontrar el pueblo de Río Negro, nos volvimos con mucha sed hasta el primer hilo de agua que distaba unos 25km. Con 25ºC habría sido un paseo, pero otra cosa es con 37ºC: de veras que se siente. Luego de tanto trajinar, terminamos en Cachuela del Carmen, sobre el río Negro, lugar bastante lindo, de agua transparente y con una temperatura de unos 27ºC: lo primero que hicimos fue bañarnos en el río y tomar mucha agua.

Abo eligió un lugar donde el agua no corría y se le pegaron varias sanguijuelas. Este río tiene muchas anguilas eléctricas, las de garganta amarilla y roja que son las peores, pirañas, nutrias y sicuris (anacondas). Un poco más adelante, hacia el río Pacashuaras hay aborígenes no muy amigables; en esta zona hay tres tipos de malaria, una que mata a los 30 días, otra a la semana y media y otra a los tres días. Santa Rosa del Abuna tenía unas 70 familias y por una epidemia de malaria, ahora quedan cuatro.

Esa noche acampamos en Cachuela del Carmen. Ya estaba por acostarme cuando llego un muchacho que trabajaba con los madereros y me comentó que cerca del lugar había unas piedras semi redondas todas escritas, pero que nadie sabía lo que decían y que de estas hay varias en distintos lugares de la selva de la zona. Cuando se fue, mi mente comenzó a trabajar a mil por hora; lo primero que se me cruzó fue que serían runas hechas por los vikingos como las de la cordillera del Amanbay y Cerro Cora en Paraguay (solo los vikingos escribían con runas), así es que esa noche dormí muy poco pensando en esto: me levante a las 6:00 la primera vez y fui a ver dichas piedras; me desilusioné un poco, no eran runas, sino bajorrelieves, en el estado que estaban no podía hacerles ninguna toma, así es que volví al río tomé arcilla blanca, la marmita, un poco de agua y el pincel e hice los trazos en esa mole de piedra arenisca casi esférica. Hoy pienso la paciencia que tuvieron los que grabaron todo esto porque el grabado tiene un centímetro de profundidad y, lo más importante, qué quisieron transmitir y quiénes fueron. Supongo que estos bajorrelieves tienen más de 2000 años, cuando el río no corría por ahí como hoy.

Finalmente, volvimos a la búsqueda de los escurridizos San Joaquín y Río Negro, desandamos parte del camino hecho el día anterior, llegamos a la intersección del camino que iba al campamento, aquí había una montaña de palmitos y el camino por el que nosotros íbamos estaba cortado por un árbol enorme de echoque, así es que fuimos por una picada, salimos al mismo camino y logramos llegar a San Joaquín que era un campamento abandonado, pero la flecha indicaba Río Negro; unos 40km más adelante encontramos el último campamento palmitero, pero como el camino seguía, decidimos seguir avanzando.

A los diez kilómetros el camino ya no era camino y la tarde se hacía sentir. Eran las 17:00 y sin agua no había mucho para elegir: volvimos al campamento palmitero en donde había agua y gente, cuatro personas, una multitud. Allí he tomado el agua con más gusto a podrido de mi vida, nada podía cortar el sabor, que se debía a las hojas, ramas y árboles que tiraban los madereros, pero no había otra opción.

La gente que trabaja en esta zona con tal de comer carne come hasta los tucanes, los monos y todo lo que camina y vuela. Esa noche creo que fue la única que mi amigo Abo aceptó mi cuchillo muela Muflon de buenas ganas y yo, dormí protegido como siempre por mi machete, aunque, llegado el momento, frente a un jaguar sería un juguete, pero psicológicamente me sentía protegido.Para concluir, al día siguiente, 12 de octubre, comenzó el regreso a casa.

Lamentablemente no pudimos llegar a Abuna y volver por las costas del Madeira hasta Villa Bella, pero de todos modos fue un viaje inolvidable que volvería a hacer solo o con mi amigo y hermano Abo. Es muy difícil encontrar a una persona tan amiga en las buenas y en las malas, con agua o sin ella. En general, siempre viajo solo, sin embargo un día le dije a Abo “contigo me iría a Siberia”. Cuando terminamos el recorrido en Guayaramirin se lo volví a repetir.